Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley

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Mary Godwin Wollstonecraft nació en 1797 en el seno de una familia particular: sus padres formaban parte del núcleo de intelectuales británicos que, en el contexto de los cambios sociales propiciados por la Revolución Francesa y los inicios de la Revolución Industrial, buscaban una alternativa a la tradicional sociedad patriarcal y aristocrática desde los principios ilustrados de la razón y la confianza en el progreso de la ciencia.

Su padre, William Godwin, fue un pensador reformista, de posiciones teóricas claves para entender los orígenes del pensamiento anarquista en la Gran Bretaña de principios del XIX, defensor de la bondad intrínseca de los seres humanos y de su capacidad de mejorar por medio de la razón. Su madre, Mary Wollstonecraft, una de las primeras mujeres que luchó en Gran Bretaña por la igualdad de derechos para la mujer, y por lo tanto precursora del posteriormente llamado movimiento sufragista. Aunque falleció a consecuencia del parto, su figura ejerció una gran influencia sobre su hija. Mary no sólo fue desde niña una gran lectora, sino que además tuvo acceso, a través de su padre, al relevante círculo de pensadores y científicos del momento. Uno de ellos era Percy Shelley, poeta romántico con el que se fugó a Suiza en 1814, y que se convertiría en su marido en diciembre de 1816.

El verano de ese mismo año los Shelley coincidieron con Lord Byron, poeta romántico por excelencia, que había trasladado su residencia a orillas del lago Leman. Una noche de lluvia en la que se hallaban reunidos se propusieron escribir cada uno un relato de terror. Mary contaba entonces con dieciocho años. Frankenstein aparecería publicado anónimamente en 1818, obteniendo por lo general una crítica favorable.

ENTRE LA ILUSTRACIÓN Y EL ROMANTICISMO

Mary Shelley escribe su obra en pleno auge del movimiento romántico. En concreto el Romanticismo inglés arranca en 1798 con las Baladas líricas, compuestas por William Wordsworth y Samuel Coleridge y alcanza su máximo esplendor con Lord Byron, Shelley y Keats, conocidos como los poetas «satánicos», por su rebeldía y su inadaptación a la sociedad de la época. Los tres tuvieron una muerte prematura lejos de Inglaterra tras una vida atormentada y errante.

El romanticismo surge como una reacción contra el racionalismo de la Ilustración y el clasicismo, y supone una nueva forma de entender la vida en la que, frente a la razón ilustrada, se prioriza el punto de vista existencial, subjetivo y emocional.

En Frankenstein es palpable la influencia de Rousseau y su idea del “buen salvaje”, el ser humano bueno por naturaleza, o más bien inocente, ignorante, y corrompido y abocado a la maldad por la sociedad. Aunque Rousseau es generalmente definido como ilustrado, parte de sus teorías, sobre todo aquellas que se refieren al estado de naturaleza y la educación, prefiguran el posterior Romanticismo. Tanto Percy Shelley como su preceptor Godwin, defendían esta misma idea: el ser humano, liberado de las cadenas de la sociedad civil, de las costumbres y supersticiones, puede también perfeccionarse.

De este modo, la Criatura de Frankenstein no será desde un principio un ser abominable, sino que serán el rechazo constante de los seres humanos, su soledad, la privación de esa socialización que convierte al ser humano en humano, lo que le conducirá a la maldad. En cierto modo, la criatura encarna la gran contradicción de Rousseau, de Godwin, de P. B. Shelley: liberada de las cadenas de la sociedad civil no es posible la perfectibilidad humana porque no es posible la humanidad. Es la misma sociedad la que posibilita y a la vez marca los límites de la humanización, de la socialización.

LA NATURALEZA

Siguiendo así la idea rousseauniana de un estado de naturaleza en el que el ser humano es incorrupto, los escritores ingleses románticos de principios del XIX rechazan la sociedad burguesa e industrializada, para evadirse en el paisaje rural, en el pasado histórico o a países exóticos. El culto a la naturaleza se convierte en un programa estético: se anhela la vuelta a lo originario por bueno, y se prioriza al individuo y a su voluntad frente a las normas sociales de conducta.

Haciéndose eco de los viajes y exploraciones de la época, Shelley sitúa partes de la acción en las inhóspitas tierras heladas del Polo, o pone en boca de la criatura el deseo por huir con su compañera a lugares vírgenes donde no tengan contacto con el ser humano. Del mismo modo, Walton también busca explorar nuevas tierras, hacer historia. Mary Shelley parece cuestionar de nuevo esta idea romántica con un final poco feliz: Walton tiene que regresar con su expedición a Inglaterra porque la realidad se impone al deseo, y la Criatura tiene que morir y no alcanzará jamás ese paraíso prometido. El ser humano, en definitiva, tiene sus límites; la razón y el progreso no son incondicionados.

También son dignas de mención las descripciones de la naturaleza, muchas veces personificada, idealizada, llena de virtudes, fuente de consuelo y felicidad, que aparecen a lo largo de toda la obra, de claros tintes románticos, y cuyo antecedente sitúan algunos críticos precisamente en el V Paseo de Las ensoñaciones del paseante solitario de Rousseau. Como ejemplo el siguiente fragmento:

“El día siguiente lo pasé recorriendo el valle. Estuve en las fuentes del Arveiron, que toman sus aguas de un glaciar que desciende lento desde la cima de los montes hasta la barrera del valle. Delante tenía las abruptas laderas de unas montañas inmensas; la muralla helada del glaciar se alzaba imponente por encima de mí; no lejos, se veían algunos pinos destrozados, y tan sólo turbaba el solemne silencio de esta sala gloriosa de la naturaleza el alboroto de las aguas, (…). Estos escenarios sublimes y magníficos me proporcionaron el mayor consuelo que podía recibir. Me elevaron por encima de toda mezquindad de sentimientos, y aunque no borraron mi dolor, lo dulcificaron y mitigaron”. [1]

EL CONOCIMIENTO Y LA NATURALEZA. El sueño de la razón produce monstruos

Durante el Romanticismo se popularizó la versión del mito de Prometeo divulgada en la Divina Comedia en la que Prometeo roba la chispa del fuego para dar vida a un muñeco de barro que se convertirá en el primer hombre. Prometeo se convierte así en el símbolo de la rebeldía contra los dioses, de la lucha por la libertad.

También Víctor Frankenstein, creando un ser vivo a partir de fragmentos humanos, encarna una figura transgresora, ahora bien, las leyes que transgrede ya no son divinas, sino las de la propia naturaleza. Precisamente por ello, a su impulso inicial liberador, le sigue rápidamente la caída, la ruina, la maldición. De nuevo Mary Shelley señala las insuficiencias de la razón instrumental, cuando no la acompaña la reflexión ética, o quizá la propia incapacidad del ser humano para autorregularse. De ahí que sea la propia naturaleza la que imponga el castigo ejemplarizante. El progreso infinito se convierte en un mito. Valga como ejemplo este pequeño fragmento, en el que Víctor Frankenstein le advierte a Walton:

“Veo por su ansiedad, amigo mío, y por el asombro y expectación que denotan sus ojos, que espera una revelación del secreto que poseo; pero no puede ser; escuche con paciencia hasta el final de mi relato, y comprenderá fácilmente por qué soy reservado a este respecto. No quiero llevarle, confiado y ardiente como entonces era yo, a su destrucción e indefectible desdicha. Aprenda de mí- si no de mis preceptos, al menos de mi ejemplo- lo que es la adquisición del saber, y cuánto más feliz vive quien cree que su pueblo natal es el mundo, que aquel que aspira a ser más grande que lo que su naturaleza puede permitir”[2]

Frankenstein es así una de las obras precursoras de esta idea que tendrá infinidad de manifestaciones en la literatura y en el cine: las fronteras de la ciencia, las consecuencias de los actos del científico arrogante que, ciego por la búsqueda de la verdad, transgrede las leyes de la naturaleza y acaba generando, como poco, la destrucción de la humanidad.

[1] M.W. SHELLEY. Frankenstein. Ed. Siruela. Madrid 2000, p. 157

[2] Ibid. pp. 98-99.