El camino del tabaco de Erskine Caldwell

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El pasado 11 de marzo nos reunimos de nuevo en el grupo de lectura “Leer Juntos-Miguel Catalán” para comentar La uruguaya de Pedro Mairal. Como siempre, antes de comentar esta lectura, propusimos la siguiente. En este caso, Carmen Delgado nos propuso leer El camino del tabaco del autor estadounidense Erskine Caldwell.

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Esrkine Caldwell nació en 1903 en la Georgia atrasada y pobre en la que discurre la mayoría de sus libros. Su madre fue maestra y su padre un pastor presbiteriano que cambiaba frecuentemente de destino, por lo que durante su infancia y primera adolescencia recorrió gran parte del estado de Georgia, escuchando muchos de los sermones de su padre. En sus novelas  no habla de oídas: tierra y sermones están reflejados en sus mejores obras (El camino del tabaco, La parcela de Dios y El Predicador, de 1932, 1933 y 1935 simultáneamente).

A los 14 años se marchó de casa y durante unos años llevó una vida errabunda, como casi todos los escritores del Sur, alternando trabajos muy diversos: obrero en una serrería, peón agrícola, futbolista, tramoyista, guionista de cine y periodista inevitablemente). No llegó a concluir sus estudios universitarios y pronto centró su carrera en la escritura y el periodismo. Contado todo con sarcasmo en sus memorias (Llamadlo experiencia, 1951)

Estamos ante un autor realmente prolífico que entre 1929 y 1987 publicó más de cincuenta obras. Y se siente a sus anchas en este ambiente de sus primeras narraciones, rural, empobrecido y también brutal, en el que los personajes no quieren trasladarse a la ciudad. Quizá por ello fracase  al intentar cambiar su ubicación a la gran urbe.

La obra de Caldwell ha caído en el olvido y hoy apenas se le recuerda, a pesar de que durante la década de los 30 fue el autor más vendido del mundo. Su nombre se menciona junto  a otros grandes escritores del Sur (Faulkner, Steinbeck, Dos Passos) aunque su reputación nunca ha estado al nivel de dichos autores.

Con motivo de su fallecimiento en 1987, Rafael Conte publicó en El  País un artículo conmemorativo (“La fuerza del testimonio”) en el que hace hincapié en la difusión que tuvo en España. Caldwell no fue conocido hasta después de la guerra, pero la censura franquista no toleró la sexualidad explícita ni la crítica a la religión de algunos de sus libros, precisamente los mejores. El camino del tabaco y La parcela de Dios vieron la luz en Argentina. Con el tiempo dejó de ser un escritor comprometido, entre otras cosas porque el mercado imponía la vuelta al intimismo y aunque nunca perdió su fuerza, ni la grandeza de sus diálogos (que nos permiten entender lo que está pasando) ni el sentido del ritmo  y siguió siendo siempre testigo de su tierra, a partir de la década de los cuarenta fue cayendo en el olvido.

EL CAMINO DEL TABACO. 1932. OTRA NOVELA INCÓMODA.

La trascendencia de esta novela la avalan los dieciocho millones de ejemplares vendidos hasta 1940, la adaptación teatral en Broadway y la versión cinematográfica (o traición cinematográfica) de John Ford en 1942.

Todo este éxito no quiere decir que no sea una novela incómoda, y más para el lector actual: no tiene personajes con los que empatizar, ni intriga ni prosa brillante. Es una novela muy desnuda que refleja un panorama desolador de la vida rural de Georgia tras la crisis del 29.

Caldwell nos lleva a observar unos pocos días de la vida de los Lester, familia del sur de Georgia, arruinada (ruina en la que pone mucho empeño)  tras siete años sin cultivar los campos y que se resiste a abandonar el campo y marchar a la ciudad, con la esperanza del cabeza de familia, Jeeter, de que el campo, con la ayuda de la gracia divina, vuelva a germinar.

La novela presenta uno de los comienzos (unas cincuenta páginas) más subyugantes de la literatura, que contrasta con un final casi de compromiso: Lov, yerno de Jeeter, casado con su hija Pearl (12 años) y uno de los pocos varones con trabajo remunerado, regresa a casa tras la compra de un saco de nabos. Tiene que hablar con su suegro pero teme parar por su casa por miedo a que esa manada de lobos hambrientos le robe el saco.

La familia Lester  está compuesta por Jeeter, el cabeza de familia, Ada, su mujer, con la que ha tenido diecisiete hijos y a la que solo el hambre ha hecho hablar, Ellie May, de 18 años, mujer hermosa pero que espanta por su labio leporino, Dude, de 16 años y con las facultades intelectuales algo disminuidas y la abuela, que se arrastra al bosque en busca de raíces que comer.  Familia marcada por hambre vieja.

Para José María Merino, en un artículo publicado en Revista de libros, la novela no parece haber partido de ningún plan previo, aunque la división en capítulos parece unificarla: los capítulos I –VI no necesitarían ninguna división independiente, ya que tratan el mismo asunto (Lov con sus nabos frente a la casa de los Lester) sin rupturas temporales ni cambios en la perspectiva. Dentro de este bloque, los capítulos V y VI amplían los acontecimientos y cambian levemente el punto de vista. En el capítulo V la cámara enfoca a Jeeter devorando los nabos en el bosque y posteriormente entra en escena la predicadora Bessie, pieza fundamental para lo que se narra a continuación. Los capítulos VII y VIII nos dan información breve pero sustanciosa sobre la familia Lester: su decadencia, la dispersión de sus hijos, sus lacras y sus miedos, enmarcado en la miseria material y social de la Gran Depresión, agravada por el fenómeno Dust Bowl.  Los capítulos IX y XVI dan cuenta de la boda entre Dude y Bessie, el viaje con Jeeter a la gran ciudad hasta que llegamos a la conclusión final, algo forzada, que abarca los capítulos XVIII al XIX.

La obra, marcada por el hambre de la Gran Depresión nos lleva a preguntarnos por la situación que abocó  a que personas reales se conviertan en los personajes esperpénticos que son los Lester.

Cuando en 1928 Valle habló de las tres formas que tiene el autor de ver a sus personajes (de rodillas, de pie, en el aire) no pudo hablar de El camino del tabaco, que se acerca mucho a la tercera forma. Es narrador sale de escena y muestra una familia desnortada, abúlica, mezquina y malvada. El aparente humor con que son tratados es un humor muy serio e impregna toda la novela.

Como lectores, miembros de la sociedad de bienestar, nos cuesta situarnos (como cuestan todos los esperpentos) ante este tipo de personajes tan embrutecidos y tenemos que esforzarnos para no dejarnos llevar por el asco.

Caldwell no nos ayuda a entenderlos mejor: dice qué hacen, qué dicen  (especialmente qué dicen) y los sitúa entre humanos y animales, dejando entrever que siempre fueron igual de bestias. Y ello porque la pobreza no dignifica, como predican sus predicadores ni los pobres son bienaventurados. No es de extrañar que Caldwell fuera anatemizado en todas las bibliotecas públicas del sur de Georgia.

Cuando hambre y pobreza se cronifican en gentes que no tienen ni fuerza, ni ganas ni inteligencia para luchar contra ellas y autores como Caldwell están ahí para regístralo, nacen novelas del estilo El camino del tabaco.

NUESTRA PRÓXIMA REUNIÓN SE CELEBRARÁ EL PRÓXIMO 8 DE ABRIL A LAS 19.00 EN LA BIBLIOTECA. ¡OS ESPERAMOS!