El Club de los poetas (románticos) muertos

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Mary Shelley, por Richard Rothwell (1840-1)

La señora del cuadro es, efectivamente, Mary Shelley, pintada en 1840, cuando la escritora tenía 43 años. Ella, que murió a los 54 años, fue la más longeva. El resto de los poetas que protagonizan la película murieron jóvenes y en un corto periodo de tiempo: Percy Bysshe Shelley, el esposo de Mary, murió ahogado en 1822, tenía treinta años; Lord Byron, murió dos años más tarde,  a los treinta y seis; John William Polidori, el secretario de Lord Byron, se había suicidado en 1821, había cumplido veintiséis años.

La infancia de Mary Shelley: un legado de gloria y vergüenza

Mary Shelley nació en Londres el 30 de agosto de 1797, apenas cinco meses después de que sus padres, William Godwin y Mary Wollstonecraft, decidieran casarse, en contra de sus principios, en Old St. Pancras Church. Ambos se conocieron en el círculo de políticos, artistas y escritores radicales que se agruparon en Londres alrededor del editor Joseph Johnson.

Mary Wollstonecraft por John Opie hacia 1797

Mary Wollstonecraft por John Opie hacia 1797

Mary Wollstonecraft (1759-1797) nació en una humilde familia de hacendados rurales venida a menos. Su padre era un granjero irascible, bebedor y mujeriego que maltrataba a su madre. Por todo ello, Mary abandonó el hogar familiar a los diecinueve años para trabajar como institutriz, dama de compañía o gobernanta. A los veintiocho años inició su carrera como escritora profesional, abordando todos los géneros.

En 1788 conoció al pintor Johann Heinrich Füssli (1741-1825) del que se enamoró perdidamente. Mantuvieron una tempestuosa relación durante cuatro años, hasta que Füssli se hartó de su compañía y la rechazó. Desesperada, Mary se presentó ante la mujer del pintor y le propuso vivir los tres juntos y compartir a Füssli de manera platónica. Fue rechazada y acusada de loca peligrosa, acusación que se agravó por el notable escándalo ocasionado por su ensayo político Vindicación de los derechos de la mujer, publicado en 1792, donde proponía ideas tan “escandalosas” como la consideración de la mujer como un ser humano, su derecho a la ciudadanía, al voto o el acceso a cargos públicos.

En 1793 se encontraba en París, donde fue testigo de la Revolución Francesa y donde se enamoró de Gilbert Imlay, un aventurero americano con quien tuvo una hija, Fanny. Imlay las abandonó sin contemplaciones. De vuelta a Londres, intentó suicidarse, pero fracasó. Conoció a William Godwin en el círculo de políticos, artistas y escritores radicales que se agruparon en Londres alrededor del editor Joseph Johnson. Ambos rechazaban el matrimonio, pero cuando Mary se quedó embarazada, accedieron a casarse, en contra de sus principios.

Apenas cinco meses después de este matrimonio nació Mary Shelley. En un principio, el embarazo de Mary Wollstonecraft no revistió ningún problema, y la pareja de pensadores creyó que “el animal” —tal y como llamaban a su futuro vástago— sería un niño al que llamarían William. El parto, sin embargo, fue largo y penoso, el bebé nació en perfecto estado de salud, pero la madre murió, tras una durísima agonía de once días.

300px-St_Pancras_Old_Church_in_1815Hay quien dice que la futura autora de Frankenstein recibió de sus padres un legado de vergüenza y gloria, pero tal vez lo único cierto es que la presencia invisible de su madre muerta, y el escaso afecto que su padre le tenía, marcaron su vida. En su adolescencia Mary solía visitar la tumba de su madre en Old St. Pancras Church, y allí, en una actitud típica de heroína romántica, leía sus obras. Mary idealizaba la independencia y coraje de su progenitora, lo suficiente para seguir hasta cierto punto sus pasos. Sin embargo, en los últimos veintinueve años de su vida construyó a su alrededor un intachable halo de respetabilidad a fin de borrar sus excesos de juventud.

El padre de Mary se casó en segundas nupcias con una viuda llamada Mary Jane Clairmont, que trajo consigo los hijos de su anterior matrimonio, Charles y Jane (luego llamada Claire). Las relaciones de Mary con su madrastra fueron siempre difíciles.

El encuentro con Percy B. Shelley

Mary fue una niña solitaria que aprendió a leer con una niñera en las Ten Lessons que su madre ideó para educar a su hija Fanny. Gracias a esto, los libros se convirtieron en los únicos amigos de la muchacha, que se refugiaba a leer en la amplia biblioteca de su padre. En la lánguida adolescencia de la futura autora de Frankenstein, marcada por sus carencias y sus miedos, surgió, como una tabla de salvación, Percy Bysshe Shelley, al que conoció a los diecisiete años, cuando el poeta empezó a frecuentar las tertulias de su padre. Ambos se enamoraron y el 26 de junio Shelley se declaró a Mary en el cementerio de Old St. Pancras, junto a la tumba de su madre.

Percy_Bysshe_Shelley_by_Alfred_Clint_crop-1Percy Bysshe Shelley (1792-1822), aristócrata como Byron, era conocido en la Universidad de Oxford como “el loco Shelley” por sus temerarios experimentos con la electricidad. Era un destacado agitador político y antirreligioso en el campus, hasta que en 1811 fue expulsado por haber publicado un manifiesto radical titulado La necesidad del ateísmo. Su inquietud por la situación del hombre en el Universo y sus doctrinas libertarias lo llevaron a cartearse desde 1812 con William Godwin, a quien tenía como ejemplo a seguir. Al principio, Godwin lo acogió en su casa, feliz porque sus teorías aún calasen en los jóvenes románticos y, sobre todo, porque Shelley facilitaba a su “maestro” con innegable generosidad préstamos a fondo perdido, pues consideraba nefanda la propiedad intelectual.

Cuando Godwin —el librepensador radical, el profeta del amor libre— se enteró de la relación de Shelley con su hija Mary se sintió traicionado y, apelando a su sentido del honor, recordó a Shelley que era un hombre casado con hijos. En efecto, Shelley se había casado inmediatamente después de su expulsión de Oxford con Harriet Westbrook, una joven muy bella con la que tuvo dos hijos, Elisabeth Ianthe y Charles Bysshe, pero que tenía muy poco que ver con los ideales y la forma de entender el amor y la vida de Shelley.

Sin duda, Shelley también se sintió fascinado por la serena belleza de Mary, pero había una afinidad personal e intelectual que el poeta no sentía por su esposa. Las presiones de la esposa de Shelley y el padre de Mary para que desistieran de su amor obraron el efecto contrario al pretendido: intensificaron su complicidad, su pasión, sus ansias de libertad lejos del cerco que los asfixiaba. Así, Percy y Mary, acompañados de Claire Clairmont, se marcharon de Inglaterra hacia Europa el 28 de julio de 1814, ante la consternación del filósofo y la rabia de la esposa despechada. Juntos realizaron el “Grand Tour”, un viaje por Francia, Suiza, Alemania y Holanda, que era el viaje iniciático de los románticos de la época.

Muertes y suicidios: huida a Ginebra

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Claire Clairmont pintada por Amelia Curran (1819)

De vuelta a Inglaterra, los ánimos de Godwin y Harriet Westbrook se habían calmado, pero los jóvenes amantes pasaban apuros económicos, ya que la fortuna de Shelley estaba en manos de su esposa. Encima, Shelley empezó a sentirse atraído por Claire, insensible a la desesperación de Mary. Tal vez por ello, Shelley incitó a su amigo Thomas Jefferson Hogg, a quien debía mucho dinero, a que cortejara a Mary para satisfacer la deuda. Mary se enfureció y Shelley le reprochó su incapacidad para llevar a la práctica sus teorías sobre el amor libre. Con la intención de complacer a Shelley, Mary fingió interesarse por Hogg y le “dio largas”, amparándose en que estaba embarazada del primer hijo de Shelley, una niña llamada Mary Jane que murió al poco de nacer. Poco después, Mary estaba de nuevo encinta de su hijo Willian que nació en enero de 1816, meses antes de su viaje a Ginebra. De toda esta época Mary siempre guardó un recuerdo ingrato, lleno de vergüenza, que la llevó a borrar las páginas de su diario referidas a tales hechos.

En diciembre de 1815, Harriet, la esposa de Shelley, también embarazada, se suicidó arrojándose a las aguas del río Serpentine. Al parecer, Harriet había sido expulsada del hogar paterno por causas desconocidas y se vio obligada a vivir de la prostitución. Shelley se obsesionó por reconstruir los últimos momentos de la vida de su esposa, intentando descargarse de cualquier culpa y entró en una dura batalla legal para obtener la custodia de sus hijos con Harriet. Esto le provocó graves crisis nerviosas.

El suicidio de Fanny, la hermana de Mary, turbó aún más si cabe la vida de la joven. Su padre culpó a Mary del desgraciado suceso, pese a que Mary fue la única persona que acogió siempre con cariño a su hermanastra.

Ante tales sucesos, Mary decidió que un nuevo viaje al Continente alejaría de sus vidas el amargo sabor que esas semanas funestas, apestadas por el olor de la muerte, habían dejado en sus corazones. Y sin duda Suiza, paraíso mítico de sus sueños adolescentes, era un buen destino.

Villa Diodati

Villa-Diodati

A finales de la primavera de 1816, Percy y Mary, acompañados de su pequeño hijo William —nacido el 26 de enero de ese mismo año y fallecido tres años después en Roma— y de la hermanastra de Mary, Claire Clairmont, cruzaban la frontera entre Francia y Suiza. La belleza de las impresionantes cumbres del Jura, cerca del Ródano, arropadas por frondosos bosques y tupidas nubes, compensaron las incomodidades del viaje:

El natural silencio de los parajes deshabitados contrastaba extrañamente con el vocerío de nuestros guías que, en animada conversación, tono y gesto, se increpan uno al otro en patois, un dialecto franco-italiano, interrumpiendo la calma majestuosa de un lugar donde, de no ser por ellos, nada podría escucharse.

Luego se desplazaron hasta Ginebra, cerca del lago Leman en las faldas alpinas del Mont Blanc, y alquilaron un pequeño cottage en un lugar llamado Chapagne Chapui. El motivo que les había llevado allí era el obsesivo deseo de Claire por reunirse con Lord Byron, de quien estaba embarazada a consecuencia del brevísimo romance que ambos vivieron en Londres. La idea de Claire era simple: pretendía retomar su relación con Byron y, de paso, reclamar los derechos de su futura hija, Allegra.

Para Shelley y Mary vivieron momentos  de gran felicidad. En una carta a su amiga, Marianne Hunt, Mary proclamó así su dicha:

Hemos escapado de la tristeza del invierno en Londres. Y en este lugar delicioso me siento tan feliz como un pajarillo recién nacido, que apenas ha comenzado a volar, e intenta descubrir por sí mismo sus nuevas alas. Si fuese más experimentado tendría dificultad para elegir su placer, pero en el estado actual de mi espíritu, el aroma de las flores, la hierba fresca de la primavera, y todas las criaturas felices que me rodean, me llena de felicidad y de placer, incluso cuando las nubes nos ocultan la visión del Mont Blanc.

Lord Byron

Retrato de Lord Byron por Richard Westall (1824)

Retrato de Lord Byron por Richard Westall (1824)

Pero tan fascinante como la presencia del Mont Blanc fue el encuentro con Lord Byron, llamado por la timorata sociedad inglesa de la época “su satánica majestad”. George Gordon, sexto Lord de Byron (1788-1824) fue, de todos los poetas románticos de su tiempo, el único de fama universal. Su figura, con su apostura, su cojera, su forma de vestir, sus escándalos amorosos, su exilio y su muerte en Grecia, luchando por la libertad del pueblo griego, crearon la imagen arquetípica del poeta romántico.

Huérfano de padre desde muy niño, a los diez años se convirtió por herencia en miembro de la Cámara de los Lores. Allí dio rienda suelta a sus contradictorias ideas políticas: ateo convencido y admirador irredento de Napoleón Bonaparte, de sus doctrinas de justicia, libertad y fraternidad, en su breve labor parlamentaria defendió a los católicos ingleses en su inferioridad legal y pidió la pena de muerte para los trabajadores textiles que destruían las máquinas que los dejaban sin empleo… Para vencer los complejos a causa de su pie deforme, se transformó en un gran deportista. Practicaba el boxeo, la esgrima y la equitación, era capaz de apagar una vela de un disparo a treinta pasos de distancia, y en Grecia atravesó a nado —con regreso y todo— el estrecho de los Dardanelos, rememorando así la hazaña de Leandro en sus visitas amorosas a Hero.

Su primer libro de poemas, Horas de ocio (1807) no tuvo éxito, pero en 1812, de regreso a Inglaterra de un largo viaje por Italia, Grecia y España, publicó los dos primeros cantos de Childe Harold, de los que vendió 14.000 copias en un solo día, que le hicieron rico y famoso de inmediato.

John William Polidori (1795-1821)

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Byron había llegado a Ginebra el 26 de mayo de 1816, acompañado de su médico y secretario personal, John William Polidori (1795-1821). Polidori, quien obtuvo brillantemente su diploma médico en 1815 gracias a su trabajo Los efectos psicosomáticos del sonambulismo y las pesadillas, tenía vanas pretensiones literarias y era constantemente humillado por Byron, quien lo llamaba Polly-Dolly (muñequita Polly). Poco a poco, en la torturada alma del desdichado médico creció un enconado odio hacia Lord Byron, cuyos rasgos son reconocibles en Lord Ruthwen, el protagonista de su relato El vampiro. Paralelamente, a lo largo de su fugaz existencia, Polidori desarrolló una notable psicosis paranoide, acentuada por su adicción al juego y su reprimida homosexualidad. Al final, con tan solo veintiséis años de edad, John William Polidori puso fin a sus días tomando una generosa cantidad de ácido prúsico.

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Villa Diodati

Lord Byron alquiló una casa en Cologny popularmente llamada Villa Diodati, “la casa más bonita en todos los alrededores, con los Alpes a sus espaldas y las montañas del Jura y el lago enfrente”. La casa gozaba de gran fama entre escritores y poetas porque se decía que John Milton (1608-1674) había pasado una temporada allí.

Una vez instalados allí, Byron y Polidori empezaron a recibir de manera asidua las visitas de Percy, Mary y Claire; juntos desarrollaron una convencional vida social sin grandes excesos que conocemos por los diarios de Polidori y de Mary Shelley: Percy y Mary se dedicaban a pasear, leer, a jugar con el pequeño William y lanzar globos, unos de los hobbies preferidos por Percy debido a su fascinación por la física de los gases; Claire, a medida que avanzaba su embarazo guardaba reposo y daba cortos paseos por los alrededores. Tanto ellos como Lord Byron apenas se movían de sus casas; el único que viajaba a Ginebra de vez en cuando era Polidori.

lord_byron_coloured_drawingY mientras Byron y Shelley navegaban por el lago, se enzarzaban en apasionados debates literarios, políticos y éticos, o simplemente, se dedicaban a su quehacer poético —dice la leyenda que Lord Byron compuso el tercer canto de Childe Harold y El prisionero de Chillon en la terraza de la casa con vistas al lago Leman, así como uno de sus poemas más hermosos e inquietantes, Las tinieblas, al tiempo que Shelley inició la escritura de su célebre Prometeo desencadenado— Polidori y Mary pasaban la mayor parte del tiempo juntos: el joven médico le daba clases de italiano a la muchacha, charlaban sobre múltiples temas y Polidori ejerció de pediatra del pequeño William con gran alegría para Mary. La amistad de ambos se estrechó hasta el punto de que ella le llamaba “su hermano”, mientras que él la encontraba fascinante, ya que, después de todo, era la hija de la famosa Mary Wollstonecraft y del “inmortal” filósofo William Godwin.

Aunque los propios implicados se esforzaron en ocultarlo, no todo fue tan plácido en la estancia de los escritores en Villa Diodati. En realidad, Diodati era un torbellino de emociones: Shelley se encontraba en un estado de desesperación económica y psicológica; había huido de Inglaterra con dos mujeres, Mary y Claire, con las que mantenía una relación muy intensa, aunque los detalles no están nada claros. Además de esto, Claire inició unas turbulentas relaciones sexuales con Lord Byron, y entre ella y Mary se fue desarrollando una considerable enemistad; Byron, por su parte, tenía un acompañante violentamente posesivo, Polidori. Es difícil concebir un grupo con más potencial explosivo, especialmente si tenemos en cuenta la especial atracción que surgió entre Byron y Shelley, que se encontraban por primera vez.

De cualquier forma, el espíritu de Shelley debía de andar bastante revuelto, sobre todo en lo concerniente al extraño ménage à trois en el que, involuntariamente, estaba involucrado. Nunca se ha podido probar que el poeta mantuviera relaciones sexuales con las dos hermanastras, pero sus teorías sobre el amor libre heredadas, curiosamente, de William Godwin, indican que muy probablemente la idea se la pasó por la cabeza; es más, existen insinuaciones que casi lo confirman. Claire le confesó al escritor William Graham. “He amado a Shelley con todo mi corazón y toda mi alma”, y según relatan algunos cronistas, murió con un chal de Shelley entre sus manos. Años después, Byron anunció que, cuando creciera, Allegra se convertiría en su amante, y ante el asombro de los presentes contestó tajante: “No es mi hija, sino de Mr. Shelley”. Los supuestos escarceos entre Shelley y Claire se prolongaron incluso en Londres, ya de regreso de su viaje por el Continente, hacia finales de 1816, provocando la desesperación de Mary. Tal y como refleja una carta de diciembre de ese año: “Desearía una casa con hierba, un río, o un lago —nobles árboles y divinas montañas que serían nuestro pequeño refugio para escondernos—. Dame un jardín y absentia Claire, y yo le agradeceré a mi amor todos los favores.”

(c) Government Art Collection; Supplied by The Public Catalogue Foundation

(c) Government Art Collection; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Y luego, obviamente, estaban las tensas relaciones entre Lord Byron y Polidori, exhibidas sin pudor ante sus invitados y amigos. Por ejemplo, Byron alentó a su médico y secretario para que escribiera un drama teatral llamado Cajetan, que fue leído en voz alta por el poeta ante la hilaridad de Percy y Mary. Para no estallar en carcajadas, Byron, de vez en cuando, alababa el talento de ciertos pasajes, y ante la mofa general, Polidori se retiró a sus habitaciones para llorar amargamente. Una vez, después de un fuerte chubasco, Mary Shelley avanzaba con dificultad por el suelo embarrado, Byron y Polidori la observaban desde el balcón, y el Lord dijo con ironía: “Si usted fuera adelante, saltaría esta pequeña altura para ofrecerle su brazo a la dama”. Sin pensarlo dos veces, Polidori saltó, con tan mala fortuna que se torció un tobillo. Byron le ayudó a entrar en la casa y fue a buscar un cojín para acomodarlo mejor en el sofá; al regresar, Polidori le dijo con desprecio: “Nunca pensé que pudiera ser usted tan amable”. Pero la situación más desagradable, al menos de las que se tiene constancia, tuvo lugar mientras Percy, Byron y Polidori navegaban por el lago Leman. El médico golpeó con el remo la rodilla de su patrón, ante lo cual él exclamó: “Tenga la amabilidad, Polidori, de ser más cuidadoso, pues me ha hecho daño”. Polidori replicó: “Me alegra comprobar que podéis sentir dolor”. Byron, airado, dijo: “Le aconsejo que, en otra ocasión, cuando dañe a alguien, no exprese tan abiertamente su satisfacción. A la gente no le gusta escuchar de quienes le hacen daño que se alegran de ello; y no siempre pueden controlar su ira. Yo he contenido con gran dificultad la mía, y mi primer impulso ha sido arrojarle al agua y, de no ser por la presencia del señor Shelley, lo habría hecho”.

Ni siquiera Shelley escapó de semejante enfrentamiento. En otra ocasión, habiendo perdido una carrera de veleros con Shelley, Polidori lo desafió a un duelo, cosa a la que el poeta se negó, pues era un pacifista declarado. Byron salió al quite de la discusión aduciendo que él tomaría el lugar de su amigo para así poder meterle una bala en el cuerpo a Polidori. En suma, el ambiente propicio para leer historias de fantasmas y de vampiros, de espectros y de almas encadenadas a una maldición.

Nace una leyenda

La noche del 17 de junio de 1816, una lluvia fina e incesante impidió que Mary y su hermana Claire, Percy B. Shelley, Lord Byron y Polidori pudieran pasear por los exteriores de Villa Diodati, o navegar por el lago. En aquella sombría velada estaban acompañados por la condesa Potocka y por un gran amigo de Byron, Mathew Gregory Lewis. Juntos, empezaron a leer los relatos de fantasmas recogidos en el libro Phantasmagoriana, o una recopilación de historias de apariciones, espectros, revenidos, fantasmas, etc, una selección de relatos alemanes traducidos al francés por Jean-Baptiste-Benoit Eyries que había sido publicada en 1812.

Lo que sucedió a partir de ese instante se ha convertido en una de las leyendas más populares de la historia de la literatura fantástica de todos los tiempos. Mary Shelley, en el prólogo que redactó para la edición de Frankenstein o el moderno Prometeo, explica su versión de los hechos:

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“… resultó ser un verano húmedo y desagradable, la lluvia incesante nos confinaba frecuentemente en la casa. Unos volúmenes de historias de fantasmas, traducidos del alemán al francés, cayeron en nuestras manos. Allí estaba la Historia del amante inconstante, el cual, cuando intentaba abrazar a la novia a quien había jurado su amor, se encontraba a sí mismo en los brazos del pálido fantasma de aquella a quien había abandonado. Estaba allí también el cuento del patriarca pecador cuyo miserable destino era dar el beso de la muerte a todos sus hijos de estirpe maldita justo en el momento en que alcanzaban la juventud. No he vuelto a leer aquellas historias desde entonces, pero sus incidentes están frescos en mi mente como si las hubiese leído ayer (…) ‘Cada una de nosotros escribirá una historia de fantasmas’, dijo Lord Byron, y su propuesta fue aceptada. Éramos cuatro. El noble autor comenzó un relato, un fragmento del cual ha sido publicado al final de su poema Mazzepa. Shelley, más apto para encarnar ideas y sentimientos en el brillo de las imágenes y en la música de los versos más melodiosos que adornan nuestra lengua que para inventar el mecanismo de una historia, comenzó una sobre las experiencias de su primera vida. El pobre Polidori tuvo una especie de idea horrible sobre una mujer con cabeza de calavera que había sido castigada por espiar a través de un agujero —el qué no me acuerdo: algo muy espantoso y malo, por supuesto—, (…) Incluso los dos ilustres poetas, aburridos de la vulgaridad de la prosa, abandonaron muy pronto la que para ellos era una tarea poco agradable

Entre la realidad y la ficción, los testimonios que han llegado hasta nosotros sobre lo que ocurrió aquella noche omiten y falsean datos según conviene a cada narrador. Por ejemplo, la providencial intervención de Shelley y Byron como acicates de la imaginación de Mary no se ajusta a la verdad. Así nos lo narra la escritora en el prólogo de Frankenstein o el moderno Prometeo, en su edición de 1831:

“Muchas y largas fueron las conversaciones entre Lord Byron y Shelley de las cuales yo era una devota pero casi siempre silenciosa oyente. Durante una de esas conversaciones fueron discutidas varias doctrinas filosóficas y entre otras, las referidas a la naturaleza del principio de la vida y si sería posible que hubiese alguna probabilidad de que alguna vez fuese descubierto y comunicado. Hablaron de los experimentos del Dr. Erasmus Darwin (hablo no de lo que el doctor había hecho realmente, sino de lo que se decía entonces que hizo), el cual fue capaz de preservar un trozo de vermicelli en una caja de cristal hasta que, por algún medio extraordinario, este comenzó a moverse por voluntad propia (…) Quizá un cadáver podría ser reanimado…”

Por el contrario, tal y como ponen de manifiesto los diarios de Polidori, el verdadero interlocutor que tuvo Shelley en sus charlas sobre ciencia y filosofía fue el mismo Polidori: “15 dejunio /… Shelley y yo discutimos acerca de los principios de la vida, de si el hombre de ser considerado solo un mero instrumento”. En ningún momento se menciona la presencia de Byron, y Mary jamás hace alusión al doctor. ¿Recordaba mal el incidente o prefirió darle el mérito a Byron? —lo cual es lo más probable—. No obstante, Polidori, por su condición de médico, estaba más capacitado para hablar sobre los mecanismos orgánicos del cuerpo humano, mientras que Shelley, tras sus experiencias universitarias en física y química, podía dedicarse a elucubrar un futuro donde el hombre, mediante el dominio de la energía eléctrica, accedería a los más recónditos secretos de la naturaleza.

Además, todos ellos se olvidan de algo fundamental: tales acontecimientos no tuvieron lugar en una sola noche, sino en varias, concretamente del 15 al 17 de junio. Según varios estudiosos del tema, las fuertes lluvias y vientos que ese verano sacudieron esporádicamente la zona comenzaron el 15 de junio, lo cual dio lugar a la intervención de diversos personajes, algunos de ellos conocidos, como Mathew Gregory Lewis o la condesa Potocka, otros anónimos, sumidos en las brumas del olvido, cuyos nombres hoy ni siquera sabemos.

Probablemente, Mary fue la primera en aceptar la apuesta de Lord Byron y la primera en empezar a escribir. La suave presión que Shelley ejercía sobre su “alma gemela” y la sutil ironía de Byron ante el bloqueo mental de la joven —a la cual llamaba “admirada amiga”—, colocaron a Mary en una situación emocional muy comprometida. Al mismo tiempo, con discreción, a fin de evitar, una vez más, las burlas de Lord Byron, John William Polidori redactaba las primeras líneas de El vampiro, relato que le daría, sin apenas intuirlo y a título póstumo, la inmortalidad:

“Su mirada recorría la alegría general que bullía a su alrededor con la indiferencia de quien se sabe incapaz de compartirla. Parecía como si solo la graciosa sonrisa de la belleza fuese capaz de atraer su atención, y aun así solo para ser borrada de los labios encantadores por una mirada que helaba de pavor un corazón en el que hasta entonces solo había reinado el placer”.

Aquel lúgubre párrafo de El vampiro preludiaba el triunfo de los segundones, de los pusilánimes, a los cuales la fortuna parecía haberles negado el don del arte, de la magia, en beneficio de los poetas, señores de la palabra y el sueño. Y fue el horror el que dio negras alas a los sueños de Polidori, y sobre todo a los de Mary:

“Cuando apoyé la cabeza en la almohada no pude dormir— evocaba Mary en su nuevo prólogo— tampoco podría decir que estuviese pensando. Mi imaginación, sin ser rogada, me poseyó […] Vi al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado al lado de aquella cosa que había conseguido juntar. Vi el horrendo fantasma de un hombre extendido y, entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello mostró signo de vida y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento. Era espantoso porque supremamente espantosas deben ser las consecuencias de cualquier tentativa humana de imitar el asombro mecanismo del Creador del mundo”.

Frankenstein y su Criatura empezaban a andar.

El fin del verano: un epílogo

“Fui criada y alimentada con el amor por la gloria. Llegar a ser alguien, grande y bueno, fue el precepto que me dio mi padre y que Shelley reiteró”, subrayó en su diario. Sin duda, estaba a punto de lograr aquello para lo que había nacido, ese destino a cuyo encuentro debía ir alentada por Shelley:

Unknown-1“Mi marido estuvo ansioso desde el principio por que demostrase estar a la altura de mis padres y escribiese mi nombre en las páginas de la fama“. Aunque ¿a qué precio? Su alma seguía varada en la playa de Viareggio, un día de julio de 1822, cuando rescataron el cuerpo sin vida de Shelley. Y allí mismo fue incinerado, delante de ella, acompañado de Leigh Hunt, Trelawny y Byron. De entre las llamas rescató el corazón de Shelley —más grande de lo normal según un médico allí presente—, y lo conservó siempre, envuelto en un paño de algodón, entre las páginas de uno de sus libros de poemas.

También le quedó de Shelley el único hijo de ambos que sobrevivió a una muerte prematura, Percy Florence. A fin de sacarlo adelante, colaboró en la elaboración de los cinco volúmenes de la serie Las vidas de los hombres más eminentes de Italia, España y Portugal y en los dos tomos de Las vidas de los hombres más eminentes de Francia. Sin olvidar novelas como Lodore (1835) y Falkner (1837), la publicación de sus cuentos en la revista The Keepsake, o su esfuerzo por preservar la obra de su difunto esposo a través de diversas publicaciones. Porque, en verdad, durante aquellos años solitarios, el trabajo fue su único contacto con el mundo, con la vida. Rechazó varias proposiciones matrimoniales de E. J. Trelawny, Próspero Merimée y J.H. Payne, aunque quizá, de haberse visto correspondida, el apuesto y excelente conversador Washington Irving podría haberle hecho dudar de la conveniencia de seguir rindiendo culto al pasado.

Luego estaban las terribles negociaciones con Sir Timothy Shelley, padre de Percy, a favor de la herencia de su hijo. El abuelo del niño estaba resentido  por la aureola de escándalo que siempre rodeó la relación de Mary con su malogrado hijo, pese a que ambos se casaron en 1816. Ni siquiera el matrimonio sirvió de  bálsamo para aplacar la ira del anciano, que detestaba su vínculo de sangre con la casta de los Godwin y los Wollstonecraft. Mary soportó los numerosos desaires de Sir Timothy sin una queja, pues el porvenir de Percy Florence era su única ambición; no quería nada para ella. A cambio de costear la educación de su niño, su abuelo le exigía que Mary renunciara a su educación. Mary se negó, pero finalmente, logró para su hijo una educación en consonancia con su posición y fortuna. Percy estudió en Harrow y se graduó en el Trinity College de Cambridge.  Fue entonces cuando Percy, que veneraba a su madre, la acompañó en un largo viaje por el Continente, visitando muchos de los lugares donde sus padres se habían amado y había sufrido.

Paralelamente, la salud de Mary Shelley empezó a quebrarse. Murió el 1 de febrero de 1851 a la edad e 54 años, en su residencia de Chester Square. Fue enterrada en la iglesia de St. Peter’s de Bournemouth, entre las tumbas de sus padres, que fueron trasladados allí por expreso deseo de Percy Florence. El hijo de la inolvidable escritora falleció sin descendencia y su cuerpo, junto al corazón de su padre, acompaña al de su madre en la misma tumba.

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Poco antes de morir, Mary Shelley escribió en su diario:

“Mi vida ha estado siempre llena de benévolas intenciones y con impaciencia había aguardado el instante de ponerlas en práctica convirtiéndome, de ese modo, en alguien útil a mis semejantes. Pero ahora todo ha sido aniquilado. Los remordimientos y el sentimiento de culpa han sustituido a la serena conciencia que me habría permitido contemplar con satisfacción el pasado, hallando en él el preludio de nuevas esperanzas.”

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